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La construcción de una identidad personal relacionada con la fe es un proceso que, al menos en mi caso, ha guardado un estrecho lazo con el entorno académico que me ha rodeado. De allí que mi historia con Dios haya estado intrínsecamente ligada a mi trayectoria académica, que se ha llevado a cabo, en su totalidad, en instituciones educativas católicas o cuya enseñanza se rige bajo los principios fundamentales de dicha religión. Es así que mis primeros años de vida estuvieran marcados por una total inmersión de la doctrina cristiana, en donde la figura de la divinidad (de Jesús, la Virgen María y el Espíritu Santo) no era objeto de debate constante, sino de una realidad cotidiana y tangible.
Durante la primaria, mi percepción del mundo se caracterizó por estar ajustada a los cánones establecidos por estos principios. Al haber nacido en una familia considerada en su mayoría como católica o creyentes no practicantes, asumí con naturalidad los dogmas que se me presentaron, incluyendo sacramentos como el bautismo (el único, por cierto, que tuve la oportunidad de celebrar; los requisitos para hacer la primera comunión en mi iglesia local me frustraron tanto que al final nunca la realicé). Sin embargo, con el paso del tiempo y la llegada de una nueva oleada de curiosidad intelectual, un nuevo cambio de perspectiva significativo tuvo lugar en mi vida.
Ya para sexto grado, la dinámica de mi pensamiento se transformó y, con ello, aparecieron los primeros cuestionamientos sobre el tema de la religión. De allí, que sintiera la necesidad de investigar tales temas con el fin de organizar una opinión propia y concreta. No fue un proceso de rechazo inmediato, sino un camino de búsqueda con el fin de encontrar respuestas que las estructuras tradicionales ya no me proporcionaban. De tal modo, me dediqué a explorar diversas fuentes de información para comprender mejor los fundamentos de la religión y, por tanto, de la naturaleza de la divinidad. Un año después, en el 2017, mi proceso de reflexión alcanzó su punto de mayor claridad. En ese periodo, entendí que ya no me consideraba una creyente de Dios, sino que mi postura se definía bajo los términos del ateísmo. A pesar de todo, si bien mi convicción personal había cambiado, mi disposición hacia el respeto y la convivencia permaneció intacta.
Así pues, comprendí que la ausencia de fe no dictaba una separación absoluta de las tradiciones que formaban parte de mi círculo cercano y que, principalmente, no experimentaba incomodidad al realizar actos de oración junto a mis seres queridos (ya sea amigos o familiares) si ellos me lo pedían, porque entendí que, más allá de lo que pudiera observar con mis propios ojos, mi prioridad siempre iba a ser el bienestar de mis seres queridos. Es así que, si el acto de rezar se convertía en una herramienta de acompañamiento y apoyo hacia las personas que más me importaban, entonces estaba (y estoy) dispuesta a hacerlo con total respeto. Para mí, el valor del gesto reside en la empatía y en el soporte emocional, de manera que, incluso si mis oraciones no tienen una dirección específica o un poder superior que las ampare, mi motivación en estos casos trasciende de muchas formas la religión.
Mi integración en actividades y eventos religiosos (tales como ceremonias de casamiento en una iglesia) también se mantiene bajo una premisa de “apertura intelectual”. Dentro de este orden de ideas, no asisto a estos encuentros con el objetivo de cumplir una obligación externa, sino con el propósito de observar qué lecciones puedo extraer de cada vivencia y entender las cargas éticas o culturales inherentes a estas, puesto que el conocimiento no tiene por qué entrar en conflicto con mi falta de fe, y considero ese pensamiento como uno de los pilares de aquello que me convierten en persona.
Para finalizar, mi historia con la divinidad no la defino como un relato de ruptura conflictiva, sino como un proceso de evolución y aprendizaje. De allí, que considere haber logrado un equilibrio en donde mi convicción, una de raíces no creyentes, convive de manera armónica con un entorno que todavía profesa la fe, de forma que mi trayectoria me ha enseñado que la verdadera esencia del ser humano se encuentra en la capacidad de brindar apoyo al prójimo, sin que el acto de fe sea una condición necesaria para el afecto. Al final del día, para mí, no hay acto de amor más grande que apoyar a las personas que tanto se preocupan por mi bienestar.

